«Vos decime butakera»

—La Joaqui, Butakera

Qué música de mierda

No hay caso. No me gusta, no va. Me produce una incomodidad difícil de explicar: la sensación de estar escuchando algo que no debería, que no me pertenece. Algo que no me interpela y que está diseñado, armado y comercializado para un universo que me es ajeno. No puedo soportar esa impostura de “turrismo” forzado que simplemente me expulsa.

«Qué música de mierda», pienso. Lo digo con la falsa seguridad de alguien que cree saber reconocer una buena canción cuando la escucha. El problema es que no sé muy bien de dónde saqué esa seguridad.

No soy yo, es mi capital (cultural)

En la casa donde crecí se escuchaba música. No recuerdo exactamente qué artistas o «conjuntos» —así se decía— les gustaban a mis viejos, pero había una mezcla de todo: casetes de los Beatles, Pink Floyd, Neil Diamond y Les Luthiers. También había magazines (una especie de casete mucho más grande) de Mercedes Sosa, Jorge Cafrune y hasta Julio Sosa.

Yo escuchaba todo. No tenía todavía un criterio para determinar qué era bueno y qué era malo: era una esponja que absorbía lo que sonaba en casa. Después empecé a elegir. O, mejor dicho, empecé a elegir con las herramientas que tenía a mano.

Primero les robaba los casetes a mis hermanos. A mi hermana, mucho Bon Jovi y A-ha: por ahí no era. A mi hermano, mucho New Kids on the Block: por ahí menos. Pero más temprano que tarde me regalaron Appetite for Destruction y todo cambió.

Con los años fui armando mis propias preferencias, aunque «propias» sea una palabra bastante tramposa. Bourdieu diría que mis gustos no aparecieron de la nada: se formaron con lo que escuché, con las personas que me rodeaban, con las cosas que aprendí a valorar y también con aquellas de las que aprendí a tomar distancia. A ese conjunto de disposiciones incorporadas lo llamó habitus. No significa que alguien eligió la música por mí, pero sí que nunca escuché desde un lugar vacío.

Hoy puedo decir, sin temor a equivocarme, que en la música que me gusta siempre hay un hilo conductor. Puede o no haber virtuosismo, guitarras violentas, voces distorsionadas o pasión performática. Lo que no puede faltar es que me genere algo primal: ganas de romper todo, de bailar, de reírme o de llorar. Una canción significa algo para mí cuando me produce algo.

Pero entonces hay una trampa en mi argumento. La Joaqui, la cumbia 420, el trap, también me producen algo. Me irritan. Me incomodan. Me hacen querer apagar el equipo. ¿Por qué esa sensación no cuenta?

Quizás porque no puedo transformarla en goce. Y quizás porque, cuando digo “qué música de mierda”, no estoy describiendo solamente una canción. También estoy poniendo en juego una idea aprendida de lo que merece ser escuchado.

Usé otra palabra que refleja la contradicción: impostura. ¿A qué estoy llamando impostura cuando escucho a estos artistas? Las bandas que me gustan también construyeron una imagen, una manera de vestirse, de hablar y de pararse frente al mundo. Nunca les exigí que fueran ajenas a esa construcción. Quizás la diferencia no esté solo en lo que hace cada artista, sino en qué códigos aprendí a reconocer como auténticos.

Eso no quiere decir que todos los gustos sean iguales ni que tenga que gustarme La Joaqui o cualquier otro artista para demostrar que entendí a Bourdieu. Quiere decir algo menos cómodo: que mi criterio tiene una historia. Que saber nombrar discos, reconocer influencias o valorar cierta manera de tocar y de escribir puede enriquecer una escucha, pero también puede hacerme creer que esa escucha es la única legítima. El gusto sirve para elegir lo que nos conmueve; a veces, también sirve para distinguirnos de los demás.

Vuelvo a poner Butakera y me sigue pasando lo mismo. No hay revelación ni conversión de último momento. Sigue sin gustarme. Tampoco puedo salir de mi historia, de mi formación o de mi posición de clase con solo decidir que voy a hacerlo. Lo que sí puedo hacer es reconocer mis prejuicios y prestar atención al momento en que mi opinión se convierte en sentencia.

Escrito por Francisco Gallardo GianniVolver al archivo →